En esta sección abordaremos que al igual que en la cuestión de la tardanza en exponer a otras corrientes y gobiernos revisionistas, el PTA incurrió una y otra vez en contradicciones e incoherencias en su política exterior que mermaron su credibilidad como avanzadilla dentro del mundo revolucionario. Los subcapítulos a desarrollar serán los siguientes:
a) El romanticismo idealista y la diplomacia burguesa nunca ayudan a las luchas de los pueblos;
b) El PTA vuelve a ser seducido por los gobiernos reaccionarios del «tercer mundo» y «segundo mundo»;
c) ¿Por qué en el seno del PTA se intentó rehabilitar al revisionismo rumano?;
d) ¿Hubo una falta de apoyo del PTA hacia los movimientos marxista-leninistas?;
e) ¿Por qué afirmamos que «The Worker’s Advocate» no puede ser un referente serio para los revolucionarios de hoy?
El romanticismo idealista y la diplomacia burguesa nunca ayudan a las luchas de los pueblos
En cuanto a política exterior, en varias ocasiones el Partido del Trabajo de Albania (PTA) sí se apegó a los cánones marxista-leninistas sobre las relaciones de los países socialistas con los países capitalistas:
«El Partido del Trabajo de Albania estaba de acuerdo en establecer con la República Federativa Popular de Yugoslavia relaciones estatales de buena vecindad, relaciones comerciales y culturales, si las normas de la coexistencia pacífica entre Estados con regímenes diferentes se respetaban, puesto que para el Partido del Trabajo de Albania, la Yugoslavia titoísta jamás ha sido, no es, ni será un país socialista mientras tenga a su cabeza a un grupo de renegados y agentes del imperialismo. (...) Coexistencia pacífica entre dos sistemas opuestos no quiere decir, como pretenden los revisionistas contemporáneos, que tengamos que renunciar a la lucha de clases. Por el contrario, la lucha de clases ha de proseguir, y debe fortalecerse cada vez más la lucha política contra el imperialismo, contra la ideología burguesa y la revisionista». (Enver Hoxha; Discurso pronunciado en nombre del Comité Central del Partido del Trabajo de Albania en la Conferencia de los 81 Partidos Comunistas y Obreros en Moscú, 1960)
En cambio, otras tantas veces, se llegó a desviar de estos principios incurriendo en maximalismos y exageraciones desorbitadas sobre lo que debería ser la política exterior de un país revolucionario:
«Los capitalistas y revisionistas miden el grado de aislamiento de un país en relación a su comercio. Nosotros hemos comerciado y comerciamos con todos los países, a excepción de los Estados Unidos, la Unión Soviética, España, Israel y algunos otros Estados gobernados por fascistas y racistas». (Enver Hoxha; Informe en el VII Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1976)
Teorizar que un país socialista, es decir, que está en el periodo de transición el capitalismo al comunismo, no puede comerciar con las potencias de la época, con los países fascistas o simplemente con regímenes altamente reaccionarios, significa caer en el infantilismo más ramplón. La URSS de Lenin y Stalin, establecieron acuerdos comerciales con las potencias imperialistas, como la Alemania de la República de Weimar o Francia. También con la Italia fascista, así como con muchos regímenes vecinos reaccionarios y altamente anticomunistas.
Por ejemplo, la URSS en tiempos de Lenin firmó el Tratado de Rapallo de 1922, dicho acuerdo sancionó no solo acuerdos comerciales, sino que también permitió que el ejército alemán realizara simulacros militares en territorio soviético −eludiendo el Tratado de Versalles−. También se buscó el acuerdo comercial con EE.UU. e Inglaterra durante muchos años hasta que por fin se logró. La propia Albania de los años 70 comerciaba en ese momento y mantenía intercambios culturales con la Yugoslavia de Tito, un régimen de sobra conocido por su anticomunismo y política antialbanesa, considerado para el movimiento de los años 50 como un gobierno de política «fascista», sin que todo ello supusiese rebajar la crítica ideológica ni interrumpiese el flujo comercial. Albania también mantenía relaciones económicas y culturales con los «imperialistas italianos» y los «monarco-fascistas» griegos. ¿Acaso esto era más lícito? Este tipo de declaraciones contradictorias solo podían causar desorientación en los cuadros de los partidos marxista-leninistas, por recomendar un «izquierdismo» en política exterior, mientras, en cambio, poco tiempo más tarde, no nos costará observar cómo el PTA se escoraría hacia el extremo opuesto: pasando de la condescendencia a la diplomacia formal burguesa.






